jueves, 26 de diciembre de 2013

 DoS  cHaRcOs

Hacía un rato había parado de llover pero, como dice Oliverio, ella se lo había llorado todo. Como lo leyó no hace mucho (y ella estaba de acuerdo con eso), lo bueno del llanto, de llorar a borbotones, es que te deja íntegra. Finalmente. Casi de manera sincronizada, con el repiquetear de las últimas gotas en la calle– ese que sonido que siempre pero siempre da un poco de nostalgia aunque una no esté triste- cesó el llanto. Ahora no sabía qué hacer. Miró por la ventanita rectangular de la cocina y vio el asfalto lustrado. Las primeras luces de la calle empezaban a prenderse. Pudo ver además el momento exacto en que una gota de lluvia, una de esas últimas, se suspendía en una hoja de tilo. Tuvo repentinas ganas de salir, ganas aparecidas no sabía de dónde pero ganas al fin. Con lo que le costaban las ganas últimamente. Puso agua para el mate y buscó paraguas, casi al mismo tiempo. Volvió a la ventana. Apagó el fuego. Comprobó la traba del paraguas. Dos charcos, ahí afuera, la invitaban. Apagó la luz y salió. Ella y sus ganas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario