Hacía un rato
había parado de llover pero, como dice Oliverio, ella se lo había llorado todo.
Como lo leyó no hace mucho (y ella estaba de acuerdo con eso), lo bueno del
llanto, de llorar a borbotones, es que te
deja íntegra. Finalmente. Casi de manera sincronizada, con el repiquetear
de las últimas gotas en la calle– ese que sonido que siempre pero siempre da un
poco de nostalgia aunque una no esté triste- cesó el llanto. Ahora no sabía qué
hacer. Miró por la ventanita rectangular de la cocina y vio el asfalto
lustrado. Las primeras luces de la calle empezaban a prenderse. Pudo ver además
el momento exacto en que una gota de lluvia, una de esas últimas, se suspendía en
una hoja de tilo. Tuvo repentinas ganas de salir, ganas aparecidas no sabía de
dónde pero ganas al fin. Con lo que le costaban las ganas últimamente. Puso
agua para el mate y buscó paraguas, casi al mismo tiempo. Volvió a la ventana.
Apagó el fuego. Comprobó la traba del paraguas. Dos charcos, ahí afuera, la
invitaban. Apagó la luz y salió. Ella y sus ganas.

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